China seduce



La economía china atraviesa una compleja fase de transición desde un modelo de desarrollo en el que prevalecía el sector exportador a otro basado en el impulso de la demanda interna aprovechando la colosal dimensión de su mercado interior. Pero aquella no acaba de arrancar, el sector inmobiliario se frena, persiste la deuda de los gobiernos provinciales y locales y la bolsa china cayó un 30% en tres semanas. Y el sector exterior se desacelera. En mayo, las exportaciones retrocedieron un 2,8% respecto al año anterior pero más las importaciones, un 18,1%. Así, el excedente comercial chino creció un 65% en el último año, alcanzando los 60.000 millones de dólares.

China pierde atractivo para las empresas extranjeras. No abandonan pero sí reducen su apuesta por producir en China para exportar a otros países. Los costes laborales crecen cada año. Y se quejan por una aplicación sesgada de las leyes chinas que frena su competitividad frente a las empresas locales. La presencia de una empresa extranjera en China se justifica si es para vender dentro del mayor mercado del planeta. En 2013, el presidente Xi Jinping enfatizó que las fuerzas del mercado jugarían un papel decisivo en la economía. Una promesa más bien retórica que no acaba siendo una realidad. La economía china podría crecer por debajo del 7% en 2015. Pero el gobierno confía en reconducir la volátil situación actual invirtiendo en el desarrollo de nuevas infraestructuras y servicios logísticos para mejorar "la conectividad" dentro del mercado interior y con los mercados exteriores.

Los dirigentes chinos prosiguen con su frenética diplomacia geoestratégica y comercial para ganar aliados políticos y más cuota comercial e inversora en todos los continentes. También en Europa. El primer ministro Li Keqiang inició el 28 de junio una gira europea de cinco días, visitando Bélgica y Francia. En Bruselas presidió la 17ª cumbre UE-China. Intentó seducir a los europeos con dos grandes iniciativas chinas: la nueva Ruta de la Seda para mejorar la conectividad entre Europa y Asia y la eclosión del Banco Asiático para las Inversiones en las Infraestructuras (BAII). E insistió oportunamente en la voluntad de negociar un acuerdo de libre comercio UE-China, precisamente cuando se complica la conclusión del acuerdo UE-EEUU (Ttipia).

Bruselas está más interesada en concluir con Pekín un acuerdo sobre inversiones (BIT) que permita incrementar las inversiones pero también las garantías jurídicas para protegerlas. La UE quiere mejorar las condiciones de acceso de los inversores europeos en el mercado chino. Y una mayor transparencia sobre la identidad y la procedencia de algunos inversores y capitales chinos, a veces opacos, que entran en la UE. Existen dudas sobre el modus operandi de algunas empresas públicas chinas que hoy invierten en las infraestructuras europeas y se benefician del acceso al crédito concedido por los bancos públicos chinos.

Pero Francia prosigue con su ofensiva para atraer más inversiones chinas. Li Keqiang aterrizó en el aeropuerto de Toulouse, el 49,9% del capital del cual pasó a manos chinas en abril. París y Pekín podrían estrechar aún más la cooperación nuclear para uso civil cuando la francesa Areva, a diferencia de los conglomerados chinos del sector, atraviesa una crisis financiera. El desembarco chino en una Europa dividida y desorientada sigue imparable.
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